¿De qué manera la lectura de textos literarios, como los cuentos y las novelas, incide en la reflexión sobre este problema que afecta nuestra vida? Esta pregunta se ha generado a partir de una línea de investigación sobre educación, hermenéutica y literatura (Hernández Alvídrez, 2018). En ella partimos para fundamentar teórica y metodológicamente de la obra de autores sobre hermenéutica y literatura para establecer las relaciones con el proceso educativo. Es así como varios estudiosos cuyas ideas se han aplicado en el ámbito educativo de manera fructífera, como Hans-Georg Gadamer, nos permiten entender la manera en que la actividad de lectura es educativa en el sentido de que nos forma en relación con nuestra actuación en el mundo de la vida.

En este mismo orden de ideas, filósofos como Paul Ricoeur nos aportan el concepto de que tenemos una identidad narrativa en la que la relación con los otros humanos y con la naturaleza como otro nos crea una personalidad que nos inserta en los intereses históricos presentes en el tiempo en que vivimos. Ricoeur (2009) reconoce que relatos como los producidos por los creadores de textos literarios, nos presentan un modelo del mundo en que vivimos con los problemas históricos que enfrentamos como humanidad. Este autor sostiene que el trabajo de interpretación que nos elaboramos cuando leemos cuentos y novelas puede conducirnos a mirar de manera más clara el entorno que nos rodea. Por esta razón, la lectura puede concebirse como un acto ético, es decir, provocador de cambios de formas de actuar al comprender los problemas que nos afectan como individuos dentro de una colectividad.
Giorgio Agamben (2016) incorpora la narrativa literaria como lugar de crítica y resistencia a los dispositivos de control de una modernidad neoliberal que se presenta como un estado máximo de la separación del conocimiento -conducido mayoritariamente por la tecnología- y la espiritualidad o cuidado de sí. Para Agamben el relato literario se constituye en la memoria del cuidado de sí. El lector, en el seguimiento de las peripecias del personaje en la trama, participa e involucra su propia existencia en la esfera de la espiritualidad.
Siguiendo esta línea de reflexión, pensadores como Jacques Ranciere (2011) aportan a esta fundamentación el principio acerca de que la escritura literaria es una forma de actuar en la política. Desde la perspectiva de este filósofo, el concepto de política se entiende como nuestra participación en la vida de la comunidad. Con este principio, Ranciere estudia las condiciones de desigualdad que manifiesta en su hacer la narrativa literaria mediante la creación o figuración de otras representaciones que revelan las discordancias del mundo referencial del relato. Este proceso mueve nuestros imaginarios cuando leemos, y con ello también propicia pensar en cambios para construir alternativas.
En este sentido, en algunas producciones de escritoras latinoamericanas insertas en una nueva narrativa encontramos representaciones de la realidad histórica actual, en un hilo argumentativo que las relaciona: la expresión de atmósferas amenazantes que reflejan el sentir femenino en los entornos sociales en que vivimos hoy en día. Por ejemplo, esta es una característica que llama la atención en la obra de la escritora argentina Samanta Schweblin. Sus ficciones retan a indagar qué es lo que en la lectura de sus cuentos y novelas nos posibilita el cuestionamiento de los nuevos códigos impuestos por las instituciones sociales. La hermenéutica de su novela Distancia de rescate nos ofrece una oportunidad de entender la preocupación por el tema del cuidado del ambiente en la narrativa literaria actual.