
El desafío multicultural proviene del carácter irreprimible de las demandas de identidad en la modernidad, así como de las consecuencias de su apertura a los principios mayores de la democracia. El campo político del multiculturalismo es un espacio incierto de tensiones, tanto desde el punto de vista de los envites que los estructuran, como a causa del carácter muy a menudo evanescente de las políticas identitarias.
Una salida alternativa entre las pedagogías igualitarias y las diferencialistas podría ser una postura intermedia, de relativismo moderado, tal como postulamos en México desde la pedagogía hermenéutica. Desde esta perspectiva se podría hablar de otra interculturalidad, es decir de un multiculturalismo verdaderamente dialógico y respetuoso de las diferencias.

Los debates en torno del multiculturalismo en los últimos años afectan a la idea de la etnicidad como reivindicación de lo particular. Este particularismo étnico no tiene que ser considerado como algo maligno. No deberíamos explicar, por tanto, los conflictos étnicos como trágicos o catastróficos por una supuesta falta de conciencia universalista. Hay dos sentidos de la palabra nación: una que corresponde a la etnia; el otro sentido corresponde al conjunto de los ciudadanos de un Estado.
Lo que se replantea actualmente en el debate es que sería mejor hablar de “patriotismo constitucional”. Desde esta perspectiva, se trataría de postular una necesaria separación entre la lealtad republicana y las comunidades de destino histórico. El dilema parece girar en torno a la siguiente pregunta: ¿es una condición necesaria para una identidad lograda entenderla con relación a la nación o con la humanidad? Pero esto es un falso dilema, ya que el hecho de que una gran parte de la humanidad viva actualmente en la pobreza absoluta se debe a que el resto del mundo no permite que sean capaces de construir su propia identidad, de vivir como seres humanos.