Al afirmar, en La expresión americana, que el barroco es un devenir americano original, José Lezama Lima ha creado las bases de una categoría hermenéutica para el análisis de la literatura latinoamericana. A partir de su obra, son ya abundantes los estudios donde se muestra que la presencia en cierta narrativa producida en América Latina de rasgos de estilo, temas y procedimientos barrocos produce un efecto neobarroco latinoamericano. Este fenómeno barroco ha dado la posibilidad de acudir a la narrativa como vía crítica de construcción de la identidad cultural hoy en día, lo cual ubica al discurso literario como una fuente para la formación de la conciencia histórica.

Sus cinco conferencias agrupadas con el nombre de Expresión americana (1977) constituyen un trabajo en el que muestra la formación de una imagen propia del ser americano: “Visión histórica, que es ese contrapunto o tejido entregado por la imago, por la imagen participando en la historia.” (Pág. 279)
Polifonía como momentos de cultura integrándose en una sola visión histórica. Voces que se agitan de nuevo, comunicándoles una nueva situación, una ininterrumpida evaporación y otra finalidad desconocida. En todas hay presencias naturales y datos de cultura que participan como metáforas. Entidades naturales imaginarias.
Lo que ha posibilitado la rotación de las entidades para integrar una nueva visión es la intervención del sujeto metafórico, quien efectúa la metamorfosis hacia la nueva visión. El sujeto metafórico actúa como el factor temporal, que impide que las entidades naturales o culturales imaginarias se queden estáticas.
Estas entidades adquieren nueva vida en un espacio contrapunteado por la imagen y el sujeto metafórico, que pasa a ser espacio dominado. De ese espacio depende la metamorfosis de una entidad natural en cultural imaginaria. La fuerza de urdimbre caracteriza ese espacio contrapunteado por la imago, y le presta extensión, lo que hace que esa expresión sea eficaz es que adquiera relieve en ese espacio. Es el lenguaje donde el sujeto metafórico se vuelca sobre el espacio no organizado en la imaginación del espacio contrapunteado. Hace falta entonces una técnica de la ficción cuando la técnica de la historia no pueda establecer la precisión de sus dominios.
Los mitos son la técnica de la ficción que Lezama propone como método. Para ello hay que poner énfasis en las eras imaginarias más que en las culturas, establecer las eras donde la imagen, y cuál imagen, mito se impuso como historia. Si una cultura no logra crear un tipo de imaginación con el tiempo sería indescifrable. La imagen hace que en la historia un hecho sea real o inexistente o indiferente. Se puede establecer una causalidad retrospectiva para percatarse de donde se verifican los enlaces. El barroco entonces es una era imaginaria y lo que hace Lezama es rastrear los puntos de enlace.
Otro recurso para rastrear esos enlaces es la memoria desde la raíz que da la forma. En esa retrospección, se busca mediante el análogo metafórico al análogo nemónico. Con esos elementos de método se puede mirar las obras de arte de nuestra época, con lo cual adquieren nuevas perspectivas que pueden llegar a ser su verdadero nacimiento. Este método rompe con la idea de las constantes artísticas. A eso se debe, dice Lezama el complejo del americano, a que considera que su expresión no es forma alcanzada, sino problema por resolver. De ahí su inclinación a buscar la forma en la autoctonía. Pero lo que no observa el americano son las síntesis. Analiza las presencias imaginarias en el Popol Vuh, donde detecta presencias de la imaginación china, dejada por las adecuaciones, interpolaciones, paralelismos hechos por los jesuitas. Ahí descubre Lezama que lo incompleto de los versículos está elaborado para un complemento en la llegada de los nuevos dioses. La tesis de Lezama es que las teogonías de las epopeyas indias, búdicas, etc. y las recopilaciones confucianas habían llegado a Europa por medio de los jesuitas, con lo que chinificaron los iconos cristianos. De esta forma los copistas jesuitas y los filólogos españoles traspasaron esa influencia al Popol Vuh; además traspasaron la mitología odiseica. La apetencia europea de búsqueda oriental, unida a la imaginación provenzal, traía aparejado el concepto de salvaje bueno y de indias galantes, en que el cansancio de la imaginación europea había pasado de la bondad al encuentro de las delicias.

El principio que establece Lezama es el de dos circunstancias que dieron lugar a la puesta en marcha de esa expresión: Para los conquistadores la nueva tierra se mostraba como un paisaje en busca de expresión, que renovó la iniciativa del sujeto metafórico, como respuesta al cansancio de la imaginación europea. Y por parte de los conquistados se estaba a la espera de alguien. Nace una nueva manifestación del barroco que obedece a la astucia y la cautela.
El barroco americano no es, pues, una continuación del barroco hispánico, sino que tiene características peculiares, debido a las necesidades particulares de enfrentar un orden de vida distinto, tanto para los colonizadores como para los colonizados. El barroco incorpora el arreglo a un conflicto. Podemos comprender el barroco americano como lugar de encuentros en el que se mantiene una tensión resuelta provisionalmente, en la unión de los fragmentos de las culturas involucradas (la hispana, la indígena y la africana), pero sin resolver el conflicto. Lezama advierte el carácter creativo del barroco americano que se manifiesta en el lenguaje, formas de vida y de intereses culturales “que exhalan un vivir completo refinado y misterioso, teocrático y ensimismado, errante en la forma y arraigadísimo en sus esencias.” (1977, Pág. 303). Es arte de contra-conquista, pues el que irrumpe desde Europa con violencia es conquistado por el paisaje que surge como posibilidad de renovación. Así, el primer americano es el ‘señor barroco’ que “participa, vigila y cuida, las dos grandes síntesis que están en la raíz del barroco americano, la hispano incaica y la hispano negroide.” (1977, Pág. 325)
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